En el capítulo 5 del libro de Nehemías, a partir del versículo 11, somos testigos de un momento profundamente revelador. Nehemías, al ver la injusticia que se estaba cometiendo entre los mismos israelitas, no puede quedarse en silencio. Aquellos que habían regresado del exilio, en vez de restaurar la unidad del pueblo, estaban oprimiendo a sus propios hermanos. Muchos habían perdido sus campos, sus viñas y sus hogares porque no podían pagar sus deudas. Estas propiedades terminaron en manos de otros israelitas, algo que contradecía la ley de Dios y el espíritu de fraternidad que debía guiar al pueblo escogido.
Este pasaje nos obliga a examinar cómo usamos nuestros propios recursos. Es fácil caer en la idea de que cumplir con ciertos actos religiosos, como dar los diezmos o realizar ofrendas, ya nos coloca en el centro de la voluntad de Dios en cuanto a nuestras finanzas. Sin embargo, la Escritura nos muestra que hay una dimensión más profunda: Dios no solo espera una porción, espera nuestra obediencia completa en todo aspecto de nuestra vida, incluyendo el uso del dinero.
No se trata únicamente de dar a Dios “lo que le corresponde” y luego usar el resto a nuestra conveniencia. Se trata de reconocer que todo lo que poseemos ha sido confiado por Él y que somos administradores, no dueños. La espiritualidad no está separada del uso del dinero. Al contrario, nuestra relación con lo material refleja con claridad dónde está nuestro corazón.
Usar los recursos con justicia, sin aprovecharnos del sufrimiento ajeno; compartir con generosidad; rechazar prácticas que, aunque legalmente permitidas, van en contra del espíritu del Reino; levantar al caído, aliviar al necesitado, apoyar la obra de Dios con integridad y sin vanagloria… Todo esto forma parte del llamado cristiano.
Nehemías no solo denuncia la injusticia, sino que llama a la restitución. Les pide que devuelvan los campos, los viñedos, las casas y el interés que habían cobrado injustamente. Y eso nos recuerda que no basta con reconocer el error: a veces, hay que enmendarlo.
Cuando dejamos de ver el dinero como algo nuestro y comenzamos a administrarlo con los valores del Reino —justicia, compasión, verdad, generosidad— entonces nuestras finanzas se transforman en una herramienta de adoración. Solo así, nuestra vida económica queda verdaderamente bajo el señorío de Cristo, y nuestra espiritualidad se vuelve tangible en lo cotidiano.







