Ninguna empresa puede considerarse neutral. Todas, de manera consciente o inconsciente, están alineadas con ciertos valores que van mucho más allá de la mera rentabilidad y la generación de ganancias económicas. Aunque producir y multiplicar recursos es algo positivo y forma parte del diseño de Dios para la humanidad, el propósito de nuestros negocios debe ir más allá de solo lo material.
Desde el principio, la Biblia nos muestra que los seres humanos fueron creados para ser fructíferos, para dominar la tierra y cuidar de la creación. No fuimos hechos para la pobreza, la destrucción o la injusticia. Por eso, cuando hablamos de valores empresariales, debemos recordar que el evangelio no es simplemente un conocimiento básico o una guía parcial para la vida cristiana; es la base completa que abarca desde la “a” hasta la “z” de cómo vivir y actuar.
Jesús no es solo el Señor que gobierna la iglesia cuando está reunida; es el Señor absoluto de cada ámbito de nuestra vida, incluyendo nuestro trabajo, nuestras relaciones y nuestro impacto en la sociedad. El evangelio tiene poder para restaurar todo aquello que el pecado ha dañado: no solo nuestras almas, sino también nuestras interacciones humanas, nuestras comunidades y el medio ambiente donde vivimos.
Por lo tanto, las empresas no son estructuras neutrales. Son entes éticos, y como tales, deben rendir cuentas. Si bien no son personas, las decisiones que se toman dentro de ellas las hacen personas que viven para el Reino de Dios o para el reino de este mundo. En los últimos días, hemos visto cómo la corrupción se ha infiltrado en las más altas esferas del poder, especialmente en partidos políticos. Que estas acciones sigan sucediendo nos revela que, en general, la sociedad se ha alejado de Dios y está guiada por intereses egoístas y de corto plazo.
Pero esta realidad no debe ocultarnos otra verdad: para que exista corrupción en la adjudicación de contratos, también deben existir empresas que participen activamente en esos actos corruptos. Así como no habría prostitución sin quien pague por ella, no habría corrupción sin empresas que la fomenten y se beneficien de ella.
El respeto y la aplicación de la ley son fundamentales para mantener un estado de derecho saludable. Sin embargo, a veces nos engañamos pensando que una empresa no puede prosperar si cumple estrictamente con las normas o que el mercado está tan corrupto que no hay otra opción que participar en prácticas ilegales o cuestionables.
Esas son mentiras que nos contamos para justificar atajos que finalmente no conducen a buen puerto. La verdad es que si una empresa solo puede sobrevivir defraudando a Hacienda, destruyendo el medio ambiente, explotando a sus trabajadores o engañando a sus clientes, entonces esa empresa no merece continuar existiendo.
Una empresa así se convierte en una estructura del mal, una herramienta que expande la corrupción y la injusticia en el mundo, una economía de esclavitud moderna. Pero, afortunadamente, también existen empresas éticas que, aún en entornos muy corruptos, actúan como agentes del Reino de Dios, transformando vidas y sociedades.
Para los cristianos, cumplir con la ley no es suficiente; debemos ir más allá y comprometernos a ser instrumentos activos del Reino. Hay empresas que no solo generan ganancias, sino que restauran y enriquecen a las personas con las que trabajan, que cuidan a sus empleados, producen bienes o servicios de calidad, y promueven un ambiente donde cada persona puede crecer y dar fruto.
Estas empresas rechazan el abuso de poder, fomentan relaciones justas con proveedores y clientes, y entienden que su supervivencia a medio y largo plazo depende del cuidado del entorno social y ambiental en el que operan. Producen con criterios éticos, no solo por obligación, sino por convicción y responsabilidad.
En este sentido, las empresas que actúan de esta manera son verdaderos agentes de restauración. Se sintonizan con los valores y propósitos del Reino de Dios, demostrando que hacer negocios no implica necesariamente hacer daño.
Aunque el mundo de los negocios esté lleno de dificultades reales —leyes imperfectas, competidores desleales, impagos y otras complicaciones—, no debemos quedarnos atrapados en esa realidad negativa. Es importante identificar prácticas inadecuadas dentro de nuestro negocio y trazar un plan progresivo para eliminarlas en un plazo razonable.
Este plan debe ser concreto y con compromisos firmes para no retroceder. A lo largo del camino surgirán muchas tentaciones y excusas del tipo “no se puede”, pero el seguimiento de Jesús y la fe son el motor que al final permiten superar esos obstáculos.
Para animarnos en este proceso, recordemos las palabras de 1 Samuel 2:30: “Por tanto, el SEÑOR, Dios de Israel, declara: ‘Ciertamente yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí para siempre’; pero ahora el SEÑOR declara: ‘Lejos esté esto de mí, porque yo honraré a los que me honran, y los que me menosprecian serán tenidos en poco’”.
Este llamado a honrar a Dios es un recordatorio poderoso para que nuestras empresas reflejen los valores del Reino, siendo instrumentos de justicia, integridad y bendición para nuestra sociedad.








